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Provinciales 27-02-26 | 11:55 hs.
"Hay silencio, abulia": San José, el pueblo de playa y carnaval que sufre una epidemia de suicidios.
Si se tomara una imagen aérea de la zona, la captura mostraría, de un lado, la orilla del río Uruguay, con sus extensas playas de arena amarronada, y, del otro, el pueblo de San José, su plaza principal, su iglesia y su puñado de calles que se vuelven de tierra al alejarse apenas unas cuadras del centro. Es martes, feriado de carnaval, y los vecinos están instalados con reposeras y mate en la entrada de sus casas.

Muchos todavía están cansados por la trasnochada de ayer, cuando los más chicos salieron a las calles a bañarse unos a otros con espuma y las comparsas locales se lucieron desfilando, con disfraces de brillos y sonrisas que parecían atornilladas, ante sus vecinos y los turistas del complejo de termas. A primera vista, nada hace pensar que este pueda ser el escenario de un pico de suicidios. Sin embargo, lo es.

Entre 2023 y 2025, en este pueblo de 22.000 habitantes, ubicado en el departamento de Colón, 16 personas se quitaron la vida, de acuerdo a los registros de defunciones del Hospital San José, el centro médico cabecera del municipio. La mayoría tenían entre 15 y 40 años. A este número se le suman varias decenas de intentos de suicidio. A mediados del año pasado, este centro médico registró en promedio una internación diaria por ideación suicida o intento de suicidio, media que luego bajó, pero que se mantuvo alta: hoy reciben entre uno y tres casos semanales.

En diciembre pasado hubo una seguidilla particular: se registraron tres suicidios. Pero lo más llamativo fue que todos eran adolescentes y jóvenes. El menor tenía tan solo 15 años.

¿Qué es lo que está pasando? La pregunta enmudece por unos segundos a vecinos y docentes consultados. También a varios psicólogos de la zona, miembros de la Iglesia y empleados del área de Salud del municipio.

“No es que acá en los últimos años haya ocurrido un éxodo por una catástrofe natural. Tampoco ha habido cuestiones que hayan golpeado a nivel socioeconómico más que al resto del paísâ€, comenta el psicólogo Rodrigo Ãlvarez Kovacevich, miembro del equipo de salud mental del Hospital San Benjamín, el establecimiento médico cabecera de Colón, donde se recibe con frecuencia derivaciones psiquiátricas de San José y otros poblados de la zona.

El pico de suicidios que registra este departamento en general, y San José, en particular, se encuadra dentro de un contexto crítico a nivel provincial: Entre Ríos tiene la tasa de suicidios cada 100.000 habitantes más alta del país (19,8), la cual duplica la media nacional (9,8). A principios de 2025, el presidente de la Cámara de Diputados de la provincia, Gustavo Hein, se refirió a Entre Ríos como “La capital nacional del suicidioâ€. Los datos policiales del último año muestran varios focos, entre los que las autoridades locales destacan el distrito de San José.

Al llegar a este enclave rural rodeado de campo y río, ubicado a tan solo 20 minutos de la ciudad cabecera, las estadísticas y los números se vuelven hijos, hermanos, primos y amigos íntimos del colegio. A la lista de víctimas, que se vuelve cada vez más larga, se sumaron en los últimos meses la directora general de una de las tres escuelas del pueblo, Lorena Lovera, de 39 años, madre de tres; una figura del equipo local de básquet y de fútbol, Federico Ferreira Zabala, de 23, e Ismael Acosta, un estudiante sonriente y tranquilo de apenas 15.

El caso de este adolescente fue el último. Se quitó la vida el 26 de diciembre pasado y dejó a todo el pueblo atónito. Hoy, bajo la sombra de un árbol de la plaza principal, su grupo de amigos toma vino en caja y hace circular un porro. Son las 16 horas de un día de semana. Algunos acaban de salir de su trabajo, en los aserraderos del pueblo, y vinieron directo al parque en bicicleta.

“Isma estuvo tomando una coca en la plaza con nosotros esa misma tardeâ€, cuenta Cristian, de 22 años, cuya verdadera identidad decidimos resguardar. Ni él ni ningún chico del grupo esperaba que su amigo se quitara la vida. Pero en San José el factor sorpresa ya perdió efecto. De los últimos 17 casos de suicidio, solo dos habían estado previamente en contacto con el sistema de salud.

La prima de Cristian -peluquera y madre, de 30 años- también se suicidó hace unos meses. Al igual que en el caso de Ismael, nadie lo vio venir. “La encontró su hijo de 11 añosâ€, cuenta su primo, tras alejarse de su grupo de amigos para charlar a solas. Se sienta en el cordón de la vereda y fija la mirada en el asfalto. “No se sabe qué pasó. Parece que se había peleado con su pareja, mi tía dice que tenían una relación tóxica. Con su expareja era lo mismo, él era violentoâ€, cuenta, casi sin alzar la mirada.

Qué hay detrás.

Pese a que la mayoría de los casos de suicidio de la zona son jóvenes y adultos jóvenes, el fenómeno abarca a todas las edades y a todos los grupos socioeconómicos, con una mayor incidencia de la clase media baja. A diferencia de las estadísticas nacionales e internacionales, donde se observa una mayoría de casos masculinos, en San José la distribución por sexo es casi del 50%. De los casos registrados durante el último año, todos tenían trabajo, destacan desde la intendencia.

La percepción general es que en Colón, especialmente en San José y su vecina Villa Elisa, siempre hubo muchos suicidios, aunque destacan que claramente han aumentado en los últimos dos años. Entre la población, sin embargo, priman los mitos urbanos. Existe una creencia popular que se repite constantemente entre los vecinos, siempre antecedida por un “Dicen que…â€. Es la teoría de que los colonos suizos-franceses que llegaron a esta región desde los Alpes, impulsados por Urquiza a mediados del siglo XIX, traían en su sangre algún tipo de “depresión hereditariaâ€.

Otros repiten una versión diferente: que los colonos que llegaron a trabajar la tierra se deprimieron al llegar y encontrarse con una tierra caliente y desolada, repleta de espinillos. Pero el mito más difundido es el de la endogamia, el que dice que los inmigrantes se casaron entre primos, produciendo en su descendencia algún tipo de falla genética con efectos en la salud mental.

La realidad es que la mayoría de quienes reproducen esta y las demás teorías las descreen, al menos en parte. Son conscientes de que una hipótesis de ese calibre no explicaría por qué ahora, más que nunca, los casos de suicidio están en aumento. Tampoco explicarían por qué la edad en la que ocurren viene bajando.

Lo que nadie discute es que la localidad atraviesa una crisis de salud mental. Es una crisis que se traduce en altos niveles de depresión, especialmente entre chicos y jóvenes, consumos excesivos y, en los casos más críticos, suicidios e intentos de suicidio.

“Ya en 2024 los suicidios venían subiendo y en 2025 tuvimos el pico. Desde entonces hemos reforzado el sistema de salud. San José, en el 2024, no tenía ni psicólogo ni psiquiatraâ€, destaca el doctor Marcelo Ramat, director del Hospital San José.

Una de las caras más visibles de la crisis de salud mental es una especie de abulia y una sensación de sinsentido generalizada, especialmente entre los más chicos. “Cuando uno se imagina a una persona con angustia o depresión, es común imaginársela sollozando. Pero lo que vemos hoy es que muchísimas personas que llegan a la ideación suicida lo hacen a través de la apatía total. Es como si el deseo se hubiera erosionadoâ€, dice Ãlvarez.

No se ve en todos los casos, destaca, pero sí se observa seguido entre adolescentes y jóvenes en tratamiento psiquiátrico. “No hay desesperación, no hay gritos, hay más bien silencio, abulia, una brutal indiferencia hacia todo, incluso hacia la vida mismaâ€, suma el especialista desde su consultorio, en el centro de Colón, a media cuadra de la costanera. Dice que si se utilizara la categoría tradicional para diagnosticar depresión -la combinación de abulia, anhedonia y cansancio constante- un importante porcentaje de la población encajaría dentro del cuadro.


    “No se los ve en la plazaâ€.

En este pueblo, donde la vida acostumbra a ser puertas afuera e incluso desde niños los chicos andan sueltos por la calle, se empezó a detectar una ausencia. En las veredas, tomando mate en reposeras, casi no hay adolescentes ni jóvenes, sino mayormente adultos mayores. Las playas están repletas de niños y de padres, también de grupos de señoras y de señores. Pero son pocos los chicos más grandes que por la tarde salen a pescar, o a tomar unos mates al río. Incluso este grupo es el gran ausente en las categorías deportivas del club local. Un ejemplo es la liga de básquet: hay categorías infantiles y adultas, pero no intermedias.

En una percepción compartida por los mismos vecinos y también por los especialistas en salud mental locales y los referentes territoriales. Dicen que los adolescentes y jóvenes también fueron los grandes ausentes en el último carnaval.

“Ya no se los ve tanto en la plaza. Se quedan más puertas adentro. Y, cuando se juntan, el celular ocupa un lugar importante. Es como si no terminaran de desconectarseâ€, sintetiza María Luz Gaillard, coordinadora de los Centros de Salud Municipales de San José, quien aclara, a su vez, que la tendencia hacia el aislamiento afecta a toda la población local: “Quizás ves la gente grande en la puerta de la casa con las reposeras, pero, si mirás bien, muchos están conectados al celular. Lo mismo en la playaâ€, dice.

Con la intención de entender qué es lo que sucede en la zona, en octubre del año pasado el municipio de San José convocó a una mesa intersectorial de referentes de la localidad, en la que participaron autoridades de clubes, de iglesias, de comedores y educadores. Se les propuso una actividad: en un papel, cada uno debía anotar las principales problemáticas que observaban en el pueblo; en otro, tenían que escribir posibles soluciones.

Gaillard aún tiene en su oficina los papeles escritos por los referentes. Las problemáticas descritas se repiten constantemente: “aislamiento socialâ€, “adolescentes y jóvenes solosâ€, “falta de comunicación†y “prejuicios socialesâ€. Los referentes coincidieron, sobre todo, en la palabra “consumoâ€: “consumo de alcoholâ€, “consumo de pantallasâ€, “consumo de drogasâ€.

Cuando los sanjosesinos hablan de droga, la palabra que surge inmediatamente es cocaína. También nombran seguido, como parte de la problemática, la normalización del consumo diario de marihuana, especialmente entre los más chicos. Son consumos en los que caen los estratos socioeconómicos más altos y también los sectores más vulnerables, por ejemplo, los chicos del barrio El Brillante, donde vivía Ismael.

El caso de Ismael causó conmoción no solo por su edad. Sus docentes se enteraron en su velorio que el menor tenía su propia planta de marihuana, al igual que muchos de sus compañeros, y que la semana antes de quitarse la vida, con tan solo 15 años, había incursionado por primera vez en la cocaína. “Un amigo le había dado para fumar merca. Hoy se siente re culpableâ€, cuenta un compañero de escuela a La Nación.

Es un tema que tiene en vilo a los referentes locales, al igual que el abuso sexual intrafamiliar, un tema aún más tabú en la sociedad, pero no menos relevante. “No tenemos la estadística, pero el psicólogo que trabaja con nosotros en atención primaria me dijo que la mayoría de los casos que él trata de gente con ideación suicida sufrieron un abuso sexual, tanto mujeres como varonesâ€, detalla Gaillard.

La problemática, que suele manejarse con un secretismo tóxico dentro del ámbito familiar, tomó relevancia mediática y social en la zona hace pocos meses, tras el suicidio de Agustina Valdéz, de 16 años. La adolescente, de Tiro Sur, un barrio colonense ubicado a 20 minutos de San José, se quitó la vida en mayo de 2025. Recién después de que trascendiera la noticia de su muerte, se conocieron chats donde ella le contaba a una amiga que había sido abusada por su padrastro en reiteradas ocasiones y que su madre sabía. El presunto abusador tuvo que ser rescatado por la policía de un linchamiento encabezado por sus propios vecinos, y hoy permanece detenido.

Existe una cultura del silencio y la negación profundamente arraigada en las dinámicas familiares de la zona, especialmente frente a situaciones de abuso sexual y malestar psicológico. “Generalmente, cuando traen el tema a consulta, muchos todavía conviven con sus victimarios o tienen cotidianidad familiar. Está instalada la idea de ‘acá no pasó nada’â€, afirma la psicóloga Cielo Barell desde su consultorio del centro de atención primaria de salud del gobierno provincial en el barrio El Brillante, donde atiende una vez a la semana por demanda espontánea a jóvenes y adolescentes.

Conseguir turno con ella no es fácil, cuentan los vecinos de la zona. Tampoco lo es con el puñado de psicólogos con los que cuenta el sistema público municipal y provincial, y los aún más escasos psiquiatras. Ninguno da abasto.


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